Mis tíos en Galicia, Condes, España Eladio González Rodríguez Fernández Gómez Chaubloqueo museo Che Guevara de Buenos Aires
Eladio González Fernández mi padre, nos llevó a Rosa Rodríguez Gómez, mi madre y a mí Eladio (junior) alias Toto, en uno de sus viajes a la tierra que lo vió nacer. Yo tenía quince años y el viaje fué toda una aventura navegando en el buque "Yapeyú" de Líneas Marítimas Argentinas. Compartía camarote con mi padre y otros dos pasajeros. Mi madre lo haría con otras mujeres, se ve que no era primera clase. A bordo una piba de mi edad, rubia, no muy alta fue mi amiga en lo que duró la travesía, tras eso nunca más nos vimos. Mi padre que fue siempre muy sincero comentó: "Toto anda con una sietemesina", (gracias viejo por ayudar a mi ego). Papá llevó su auto, un Chevrolet negro sobre el buque y ya en Europa recorrimos parte de España, Francia y hasta cruzamos en barco el paso de Calais entrando a Inglaterra y llegando a Londres. Ya de vuelta en Galicia su provincia y en Condes su caserío, me sentí por primera vez en mi vida importante y centro de la atención de los pobladores, para ellos yo era "el americano" todo un título. Convivimos un tiempo en su casa natal, con la hermana de papá mi tía Benedicta, casada con Julio Soto, con el que tuvieron dos hijos, una mujer ¿? y mi primo hermano Julito que me llevaba un año o dos. Tía Benedicta era de una calidez y dulzura, que me la hizo inolvidable al día de hoy. Tenía un padecimiento crónico que la obligaba a caminar ó desplazarse en cualquier momento y de cualquier manera DOBLADA casi en ángulo recto con sus piernas. Esto se lo atribuí yo pasados unos años a algo psicosomático por sus problemas matrimoniales. Medianera de por medio vivía uno de los hermanos (el mayor) de mi padre José (ó Pepe, padre de Tomás, José, Héctor y Benito ya radicados en Argentina) con su esposa Camila y su hijo menor Luis que me llevaría cuatro años. Una mañana al levantarme salí al balcón corredor de ellos. Sobre la baranda apoyada había una palangana de metal enlozado, con agua sacada a las seis de la madrugada del aljibe propio. Ese era el lavatorio común de todos. Cuando metí mis dedos para lavar mi cara rompieron la capita de escarcha y con mis dos dedos índices, los pasé por mis ojos.er El tío Pepe me observaba, por lo que comentó: " O Toto lava la cara, como un "jato" (gato en gallego básico). Recuerdo imborrable el día de San Martín en Barbantes, Condes. Fue despertarme y sumarme a los preparativos para "la mata". El famoso dicho nació de allí "a cada chancho le llega su San Martín". Todos los dueños de chanchos se complotaban ese día para matarlos. Condes estaba en un valle, a cientos de metros del río y ese día llegaban de los cuatro puntos cardinales los alaridos roncos de los sacrificados en cada lar. Inmisericorde colaboré sosteniendo una oreja del enorme chancho de Pepe, al que entre cuatro hombres acostaron sobre un largo banco de madera. El especialista en matar lentamente, enterró un larguísimo cuchillo en la garganta-pecho del animal que gritaba aturdiéndonos. El logro mayor consistía en prolongar la agonía del chancho, pues un balde colocado junto al banco de madera, bajo el cuello del animal recibía los chorros de sangre que brotaban con cada movimiento del cuchillo. Cuanto mas tiempo agonizando mas sangrado, y por lo tanto mas "filloas" (panqueques de sangre que se degustaban por la noche). No me di cuenta en aquella época, que provenía de una familia de vampiros. Cuando al fin dejaba de gritar y vivir el animal era tirado al piso de tierra donde mi primo Luis lo cubrió con finísimas ramitas vegetales secas y le prendió fuego. La Inquisición y su Tribunal parecían haberse originado allí. Luis con su cara enrojecida, por el esfuerzo de luchar contra el fortísimo animal, para tenerlo sujeto y el calor de las llamas, cuya función era depilación rápida y barata (las mujeres no lo prueben por favor) con una me pareció la representación de Satanás. Máxime cuando tras apagarse el fuego barrió las cenizas y tomando una de las patas del finado animal le arrancó la cobertura de la pezuña para comérsela ávidamente. Mi padre se compró una escopeta de dos caños de la afamada marca Victor Zarrasqueta y a mi me regaló un rifle de aire comprimido. ¡Para qué! de ahí en más el equilibrio ecológico de la zona se alteró por Toto "el americano" que salía a recorrer los bosques y campiñas asesinando despiadadamente gorriones, palomas, lagartijas, lagartos y no le disparé al cura del lugar porque no tenía alas, ni cola de reptil. Para aprovechar el tiempo mi padre me hizo asistir a la Escuela Nueva, que no era mixta, a cada niño le daban una "pizarra" del tamaño de un libro mediano. Era en verdad un trozo de piedra pizarra negra y sobre ella con tiza escribíamos o hacíamos cuentas a pedido del Maestro. En ocasiones llamaba al frente a varios niños que formaban fila delante de él. Al primero le preguntaba por la tabla del tres ó del cinco y el chico respondía mientras exhibía sus manitos con las palmas abiertas hacia arriba y hacia el docente. Cuando se equivocaba el niño la palma de la mano estallaba con el golpe de la regla de madera con la que el maestro lo castigaba. "La letra con sangre entra" otro de los cariñosos dichos españoles. Recuerdo al fondo de la gran aula unos enormes bidones de cartón que contenían leche en polvo donado por Estados Unidos para ayudar al régimen del dictador asesino Francisco Franco. Al tiempo me pusieron en un barco de regreso, en el puerto de Vigo y volví solo a Argentina, a fin de no perder otro año del secundario. Me impresionó mucho el despedirme de a tía Camila. Entre a la pequeña habitación y ella en su cama me escuchó despedirme, para luego mientras me hablaba, cambiar el tono de voz y decirme llorando... que le dijera a sus hijos que ella los quería mucho. (han pasado 63 años de aquel momento y lo recuerdo como si fuera ahora, y acaba de arrancarme profusas lágrimas y me sigue la congoja. (¡Pobres los padres de los emigrantes!. Mis padres ya solos viajaron a Alemania, para después regresar. Ya se notaba mi inteligencia y viveza, asi que al desembarcar y hacer los trámites algún empleado de aduana, lúcido aunque deshonesto, se quedó con mi pasaporte, que naturalmente le habra producido algún dinero. Yo era un boludo total y aún así a través de mi vida fuí perfeccionando esa característica innata mía y llegué hoy a SUPER ó MEGA BOLUDO.
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